El tenaza

    


     El abuelo José era alemán. Pero no tenía ni nombre alemán ni apellido alemán. Se llamaba José Borges y le decían el Tenaza. Era un gringo alto y flaco, fuerte, vital, de ojos celestes, casi grises, rubio y de pelo lacio. Era cariñoso, pero era distante y tosco. Era alemán. Me acuerdo que tenía las manos grandes. Al abuelo le gustaba ese sobrenombre: el tenaza. Se le notaba el orgullo en el cuento cuando le contaba el origen del nombre a su bisnieto mayor, un gurí de diez años sentado a la siesta en un banquito a la sombra de la parra del patio de la chacra de la familia Borges, a siete quilómetros de la ciudad de Dolores. Ese niño era yo. El abuelo José era mi bisabuelo materno. El padre de la madre de mi madre.

     "¿Sabés cómo me decían a mí?", me dijo una vez. Yo era un niño sentado en un banquito y el abuelo estaba parado, al lado mío. Desde la perspectiva de un niño, los adultos son gigantes. Todo es gigante. Uno de grande comprueba, al volver a los lugares que habitó de niño, que aquella mesa no era tan alta, que aquel patio no era tan grande, que aquel árbol no era tan alto. Uno de chico ve todo grande, porque es chico. Además, yo estaba sentado: la percepción de diferencia de tamaño se distorsiona aún más al evocar hoy el recuerdo, en favor de la teoría de aquel niño de que su abuelo era un gigante con brazos largos y manos grandes. Desde la perspectiva del adulo de hoy, sería como que un árbol alto y frondoso se agachara, lentamente, a decirme algo en voz baja. El viejo se acercó un poco, desde las alturas, para hacerme el cuento.Ocupaba todo mi campo visual. 

     "A mí me decían el tenaza," dijo el viejo. Porque cuando venía una pelota, yo la agarraba así. Y hacía como que agarraba una pelota imaginaria justo delante de mis ojos, como si fuera a asustarme con un aplauso, como si estuviera contando el cuento de si tu padre mata un chancho vos te asustás, pero sin aplaudir, no llegaba a aplaudir, paraba antes: agarraba una pelota imaginaria en el aire. Cuando venía la pelota, yo la agarraba así, chak, como una tenaza. Y me miraba fija y penetrantemente con los ojos celestes casi grises de viejo loco. 

     El viejo era arquero en un cuadro de fútbol que competía en la liga rural. Debió de ser bueno. Hay dos tipos de arqueros: los que están entrenados y son técnicos, serenos y seguros, y los que están locos. El abuelo parece haber pertenecido a este segundo grupo, uno de esos arqueros que sacan unas pelotas dificilísimas, que te tapan un tiro con la cara, que lo dejan todo en la cancha y que preferís tenerlo en tus filas a tenerlo de rival. No tengo idea cuál era el nombre del cuadro, quiénes eran sus compañeros, si se juntaban con los muchachos del fútbol a hacer algún asadito, nada. No tengo ningún cuento de ningún partido. No tengo nada. 

     Solo tengo una foto. El viejo está parado en el centro, en el centro de la foto y en el centro de su cuadro, el cuarto hombre de la fila de arriba empezando desde la izquierda o la derecha. Tiene los brazos cruzados. 

     "A mí me hacía goles el que podía, no el que quería", decía el viejo. Seguramente era un muy buen arquero. En definitiva, era un arquero alemán.




           

Comentarios

Publicar un comentario